
El Mediterráneo, cuna de civilizaciones, ha constituido el
núcleo vertebrador de gran parte de la historia de la humanidad.
El “mar que se encuentra en medio de la tierra”, fue el primero
en ser navegado por el hombre e, históricamente, en sus riberas
se han concentrado importantes núcleos de población.
La población total de los países ribereños en el año 2000 era de
casi 430 millones de personas, mientras que en 1970 la población
era de 280 millones, lo cual supone un incremento de más del 50%
en los últimos treinta años. Las previsiones para el año 2025
sitúan al número de habitantes de la cuenca del Mediterráneo en
520 millones, lo que pese a evidenciar una clara desaceleración
del crecimiento demográfico en la zona, supondrá aún una presión
ambiental creciente en el futuro más inmediato, y máxime porque
este aumento se concentrará fundamentalmente en los países de la
orilla Sur y Este del Mediterráneo.
En la actualidad, en los países del Norte de la cuenca habitan
unos 180 millones de personas, en tanto que los países del Sur y
Este del Mediterráneo alcanzan alrededor de 200 millones de
habitantes. Teniendo en cuenta que la tasa de crecimiento de la
población de los países desarrollados es estable e inferior al
1% anual, mientras que en los países del Sur y del Este puede
situarse en valores incluso superiores al 6,5%, se concluye
fácilmente que serán estos últimos países los que van a sufrir
en los próximos años los mayores desequilibrios derivados de la
creciente presión demográfica a la que se verá sometida el área
mediterránea.
Efectivamente, en la zona litoral del Mediterráneo existen más
de cien ciudades que superan los 100.000 habitantes. En buena
parte en los países del Sur y Este del Mediterráneo, los núcleos
urbanos más importantes se encuentran localizados en las
regiones costeras, que por otra parte suelen coincidir con las
áreas más fértiles. Su población urbana crece aceleradamente y
de forma desordenada, debido tanto a su alto crecimiento
demográfico, como a los flujos de población internos, lo que
está generando graves presiones medioambientales.
Cabe destacar que la población, sus flujos y su distribución en
el territorio, constituyen el principal factor de cambio
medioambiental en los países de la cuenca del Mediterráneo,
produciéndose una intensificación de los niveles de urbanización
y de modificación de los usos del suelo en general, un
incremento del consumo de todo tipo de recursos, y la
consecuente generación de residuos.
La importante actividad del hombre en la zona litoral está
generando graves problemas de contaminación por la gran cantidad
de vertidos industriales y urbanos que se generan, en un mar con
una baja capacidad de autodepuración y un lento ciclo de
renovación de agua. Al problema de la calidad habría que añadir
la sobreexplotación de los recursos pesqueros, agravado por el
hecho de tratarse un mar relativamente poco productivo. El
Mediterráneo es el primer destino turístico del mundo. La
industria turística, basada fundamentalmente en una ocupación
masiva del litoral, ha generado grandes alteraciones en el
paisaje y en los recursos naturales de las costas, con
construcción de infraestructuras, sobrecarga, presión
estacional, etc.

El Mediterráneo es un mar prácticamente cerrado y pequeño, que
representa únicamente el 0,7% de la superficie total de los mares y
océanos de la Tierra. Alcanza una profundidad máxima de 5.100 metros en
la costa sur de Grecia, aunque en general se trata de un mar poco
profundo, con tan sólo 1.500 metros de profundidad media. La costa
presenta un perímetro de unos 46.000 kilómetros lineales, con una
longitud y anchuras máximas de agua de 4.000 y 850 kilómetros
respectivamente.
El balance hídrico del mar Mediterráneo es negativo; se evapora más agua
de la que es aportada a través de las lluvias y de los ríos que
desembocan en él. Sin embargo, este déficit hídrico se compensa gracias
al intercambio positivo de agua proveniente del Atlántico a través del
estrecho de Gibraltar, que tiene 15 kilómetros de ancho y unos 300
metros de profundidad. También se producen aportaciones, aunque de menor
importancia, provenientes del Mar Negro a través del Bósforo. A este
respecto cabe señalar que el ciclo de renovación de las aguas del
Mediterráneo se completa cada siglo aproximadamente.
El clima mediterráneo se da en el oeste de grandes masas continentales
que se encuentran entre los 30º y 45º de latitud respecto al ecuador
terrestre. Se caracteriza por tener inviernos relativamente húmedos y
veranos secos. Las lluvias son escasas, existiendo un período de aridez
de entre tres a cinco meses durante el verano. Más del 90% de las
precipitaciones se concentra entre los meses de septiembre y marzo;
pueden darse lluvias torrenciales, sobre todo en otoño. En cambio, las
temperaturas se mantienen relativamente suaves tanto en invierno como en
verano; presenta pocas variaciones a lo largo de año -alrededor de los
15 grados centígrados-. El relieve tiene, por tanto, una importancia
decisiva en el tipo de clima específico existente en cada zona.
La ubicación geográfica de la zona sur del Mediterráneo, con una baja
pluviometría motivada por la circulación atmosférica global, y donde se
alcanzan además altas temperaturas de manera constante, origina un
gradiente de aridez norte-sur hasta mismo el desierto del Sáhara, con
evidentes problemas de desertificación en las áreas de transición.
La orografía de la zona, junto con el elevado número de islas existentes
en el Mediterráneo, ha configurado una gran variedad de paisajes y
situaciones geomorfológicas en toda la cuenca. Predominan las costas
abruptas y de difícil acceso, aunque también existen extensas zonas de
costas suaves, fundamentalmente ligadas a los cursos y desembocaduras de
los principales ríos.
El agua es particularmente vital en el Mediterráneo, tanto para la
supervivencia de los ecosistemas como para el desarrollo humano. No
obstante, los recursos hídricos de la región, frágiles y muy escasos,
están desigualmente distribuidos entre los países mediterráneos, así
como dentro de cada país.
La disponibilidad de agua per cápita está muy desequilibrada entre los
países del Norte, en los que los recursos hídricos son relativamente
importantes, y los del Sur y Este, pobres o extremadamente pobres en
cuanto a esta disponibilidad de agua. Por el contrario, la demanda no
cesa de aumentar debido al crecimiento de la población y a la
intensificación de la actividad humana, especialmente debida a la
agricultura de regadío, la industria y el turismo. En muchos países del
sur, el gasto de agua excede los mecanismos naturales de renovación,
produciéndose un agotamiento de los recursos disponibles.
A esta escasez se suma a menudo la baja calidad de esta agua,
especialmente en el Sur, donde presenta con frecuencia una elevada
salinidad. Esta situación se ve agravada por el bombeo excesivo en
determinadas zonas litorales, que ha dado lugar a la penetración de agua
de mar en los acuíferos, así como por la contaminación de sales y
nitratos de origen, tanto agrícola como urbano.
Efectivamente, la cuenca del Mediterráneo se caracteriza por su gran
heterogeneidad debido a su gran variedad climática, su diversidad en la
composición y disposición de los materiales que la componen y su
multiplicidad de tipos de tierras. Esto da lugar a que la región
mediterránea sea la segunda zona más rica en especies nativas del mundo
después de los Andes. Alberga aproximadamente el 20% del total de
plantas vasculares existentes en el planeta, lo que supone unas 30.000
especies, de las cuales 13.000 se desarrollan exclusivamente en los
países de la ribera del Mediterráneo.
Asimismo, conviven gran variedad de reptiles, anfibios y mamíferos en
esa área, algunos de ellos en serio peligro de extinción. Por otra
parte, en las aguas del Mediterráneo habitan el 56% de las especies
marinas conocidas, por lo que se trata de la región del mundo que posee
la mayor proporción de endemismos, y la segunda por lo que respecta al
número de especies después de los mares tropicales.